jueves, 30 de mayo de 2013

Artículo 20ª abono Feria de San Isidro

“MENOS MAL QUE QUEDA POCO…”
Si no hubiera querido realizar esta feria ni un mínimo esfuerzo a la hora de escribir sobre lo ocurrido cada tarde en el ruedo de Las Ventas, lo hubiera tenido muy fácil. Podría haber hecho una maqueta o plantilla y publicar cada día lo mismo, cambiando únicamente los nombres de los actuantes. Y es que en este San Isidro la variedad ha brillado por su ausencia. Hablo ya en pasado porque tan sólo quedan tres festejos para que el ciclo taurino más importante de la temporada eche el cierre. Hoy era la vigésima del abono y pasó más de lo mismo. Por segunda tarde se lidiaba ese divisa tan querida por los aficionados madrileños por su latente bravura y poderío. Esto, claro, es ironía. Jandilla regresaba a Las Ventas tras el petardo de hace menos de una semana. Al menos, en esa ocasión la corrida pasó entera el reconocimiento veterinario, porque hoy ni eso. El encierro de Borja Domecq tuvo que ser remendado con dos animales de Las Ramblas (otro hierro más de tantos procedentes de Domecq) y, pese a todo, lo que salió por chiqueros tampoco fue un ejemplo de seriedad y trapío. En general, otro lote de toros mal presentados y que, además y para no romper con la racha, estuvo completamente ayuno de casta. Fue, de nuevo, un desfile de mansos, flojos y descastados que no dieron ninguna opción a la terna actuante. Terna, por otra parte, que tampoco invitaba al optimismo. El Fandi completaba su doblete, mientras que Daniel Luque hacía lo suyo con su triplete. La única buena noticia que nos dejó el día fue precisamente que ya no tendremos que soportar otra tarde más a estos dos toreros. Ni a ellos, ni a Jandilla. El joven Jiménez Fortes, el único con cierto interés del cartel, se estrelló con unos productos putrefactos que le dejaron inédito. Y, entre tanto, otra buena entrada en el coso de la calle Alcalá con alrededor de tres cuartos de los tendidos cubiertos en una nueva tarde de lluvia y frío, más propia del invierno que del cercano verano. Entre la mayoría de animales lidiados, la actuación de muchos de los diestros que han hecho el paseíllo, y el factor meteorológico…en vez un disfrute, el San Isidro de este 2013, ha resultado un auténtico sufrimiento.

Sí, la paciencia empieza a acabarse tras tres semanas de petardos y fracasos continuos. Aunque los aficionados siguen aguantando estoicos el paso de los días y el aburrimiento, en el ambiente se comienza a respirar un sentimiento de absoluta resignación, cansancio y, por qué no, indignación. Y es que, casi finalizada la feria, es hora de empezar a señalar a los responsables del descalabro. Está claro que los culpables son numerosos y diversos, pero uno se erige por encima de los demás: la empresa. Taurodelta se sigue superando (y mira que es difícil) año tras año en su objetivo de dilapidar la afición en la monumental de Las Ventas. Los carteles eran flojos, pero los resultados son mucho peores. A pesar de las numerosas orejitas regaladas que se han cortado con la complicidad de los presidentes, estos trofeos no pueden maquillar el pésimo balance de casi un mes de toros continuado. Al margen de que el nivel de presentación ha descendido notablemente con encierros muy desiguales y algunos bichejos impresentables, el ínfimo nivel de casta de los hierros lidiados es lo más preocupante. Han decepcionado casi todos y tan sólo se han salvado unos cuantos, y, dentro de los que han conseguido no hundirse, ninguno ha lidiado una corrida o novillada completa y sobresaliente. Lo del tercio de varas, por otra parte, ya es una batalla perdida. Y luego qué decir de esas faenas interminables y anodinas que parecen todas iguales y que no dicen absolutamente nada. Sin duda, un canto a la mediocridad es lo que ha sido esta isidrada que ya nos va dejando. Los ganaderos que crían borregas para el lucimiento y disfrute de los toreros son una lacra para este espectáculo, sí, y también aquellos espadas que cada día realizan un alarde de ventajas y vulgaridad, pero la máxima responsable de cara al aficionado es la empresa gestora de la que se supone es la primera plaza del mundo. Ellos, con unos carteles de sota, caballo, y rey, marcados por los cambios de cromos, y que tienen el único objetivo de seguir aumentando sus fortunas, siguen cavando día a día la tumba de la Tauromaquia. Ya lo avisamos muchos hace meses: ¿qué pinta Jandilla dos tardes en Madrid?, ¿qué justificación tiene el triplete de Daniel Luque en el abono? Pues al final volvimos a llevar razón. Pero, no se preocupen ustedes, que seguro que el año que viene nos volvemos a deleitar con la sonrojante falta de casta, fuerza y bravura de una, y con el toreo mediocre y pegapasista del otro. Menos mal que mañana viene Adolfo y el sábado Cuadri, y menos mal que San Isidro toca a su fin…

Foto: Javier Arroyo

miércoles, 29 de mayo de 2013

Artículo 19ª abono Feria de San Isidro

“¿EXIGENCIA?, MEJOR TRIUNFALISMO”
Hoy, en la decimonovena de la Feria de San Isidro, saltaron las alarmas. Por distintos motivos algunos nos marchamos de la plaza seriamente preocupados. Como siempre, la mayoría nos tacharán (a los que pensamos así) de pesimistas o derrotistas que buscan un espectáculo utópico y que no se conforman con nada. No se crean esto porque los más de dos siglos de Tauromaquia han demostrado que esa fiesta que algunos (pocos) buscamos, es posible. La casta en el toro y la pureza en el torero deberían ser los pilares sobre los que se sustente, no sólo la fiesta de los toros en general, sino también la afición de cada uno en particular. Pero ese tipo de acontecimiento está, desde hace bastante tiempo, en vías de extinción. Y lo ocurrido hoy en la que se supone es la primera plaza del mundo no invita al optimismo. Digo se supone porque cada día es más difícil reconocer a Las Ventas como la cátedra del toreo. Y, por estos derroteros, viene una de las alarmas surgidas tras la corrida de esta tarde. El comportamiento del público de Madrid comienza a ser muy preocupante. Si en los últimos años algunos ya habíamos notado un cambio y unas reacciones extrañas cada vez más frecuentes, lo de este San Isidro está confirmando todas las sospechas. Si antes el coso de la calle Alcalá (su público, está claro) se definía por ser el más exigente y entendido, en la actualidad esto ha dejado paso a un público verbenero que no exige ni un mínimo y que, a lo largo del desarrollo de la lidia, muestra la más notable ausencia de conocimientos taurinos. No se protestan apenas animales impresentables que antaño habrían provocado la más grande desaprobación de los tendidos; se aplaude por no picar, o no se protesta cuando se realiza mal la suerte de varas; se jalea y aplaude ese toreo alegre y voluntarioso, pero que no cumple (ni de lejos) con los cánones de parar, templar, cargar, y mandar; se premian faenas que en otro tiempo no hubieran obtenido ni una palma como recompensa…y así me podría tirar toda la noche.

Y ya no hay excusas que valgan. Unos días porque son festejos de rejones; otros porque el público de los domingos es distinto y menos asiduo y aficionado; otros días porque a las novilladas van muchos de los amigos y familiares de los abonados; otros porque son carteles del “clavel”…el caso es que parece que siempre tenemos excusa para justificar el comportamiento del respetable en esos días de rebajas y extrema benevolencia. ¿Y hoy, qué motivo había hoy para que el abonado y aficionado no acudiera a la plaza? En el cartel tres jóvenes, cada uno con un particular concepto del toreo, y todos con supuesto interés y actuaciones estimables a sus espaldas. Sergio Aguilar (uno de los llamados “toreros de Madrid”), Miguel Ángel Delgado (casi inédito por sus contados contratos y que el pasado año ofreció una gratísima imagen en sus dos comparecencias el 15 de agosto y el 12 de octubre), y Arturo Saldívar (uno de los matadores mexicanos con mejores condiciones). Si este cartel no era para que los supuestos aficionados madrileños hubieran acudido en masa a Las Ventas…que venga Dios y lo vea. Y es que hoy, de nuevo, se regaló una oreja tras un trasteo de Saldívar muy voluntarioso e incluso valiente, pero que no tuvo la más mínima rotundidad y lucimiento en cuanto a toreo fundamental se refiere. Y si no se cortaron más orejas, además, fue porque el encierro del Ventorrillo (¿adonde ha ido a parar la casta, movilidad, y bravura de esta divisa que tantas tardes de triunfo y espectáculo posibilitó hace años?) no dio apenas opciones. Entonces, ¿dónde está esa afición de Madrid exigente y que sólo premiaba aquellas obras notables o sobresalientes? Pero es que si esta verbena constante es preocupante, no lo es menos la actuación día tras día de presidentes y veterinarios. Ya he perdido la cuenta de las corridas o astados mal presentados que han saltado al ruedo en lo que llevamos de feria. La de hoy del Ventorrillo tuvo kilos y más o menos cuajo, pero por delante sorteó a varios ejemplares sin un ápice de seriedad para Madrid. Toros que llaman “bonitos” o “toreros”, con cuernas ligeramente gachas o abrochaditas, propios de cosos de segunda, pero no de primera categoría, y menos de Las Ventas. Antes, pese a los pobres resultados tarde tras tarde, al menos nos conformábamos porque en Madrid salía el toro y los espectadores exigían la fiesta auténtica. Ahora, en cambio, si ya tampoco sale ese toro y el público que llena los tendidos es más propio de un pueblo que de la plaza que lo daba y lo quitaba todo, entonces… ¿cómo seguir vendiendo que Las Ventas es el coso más importante del mundo y San Isidro el ciclo taurino más trascendental de la temporada? Pero lo más preocupante de todo esto es el “miedo” o el rechazo que siente la mayoría a esa bendita y tan necesaria palabra como la exigencia. ¿Por qué tiene que ser de “talibanes” o infelices amargados eso de exigir al torero, y también al toro? Sólo siendo exigentes podremos obligar a los protagonistas de este espectáculo a que hagan el esfuerzo que deben y, por ende, poder aspirar a disfrutar y deleitarnos con las grandezas de la Tauromaquia. Si bajamos el listón y nos conformamos con poco, en lo que estaremos cayendo, simple y llanamente, es en el triunfalismo barato. Y este triunfalismo, ni más ni menos, tendrá (y tiene) como claro objetivo el tapar y esconder la mediocridad reinante en el mundo del toro actual.

martes, 28 de mayo de 2013

Artículo 18ª abono Feria de San Isidro

“EL VALOR DE RITTER Y 
UN ASPERSOR REVOLTOSILLO”
Una tarde más, en Las Ventas, se rozó (si no alcanzó) el esperpento. En mitad de la lidia del tercero, durante el tercio de banderillas, el aspersor colocado en el centro del ruedo y que riega la arena de la monumental, saltó y comenzó a regar en una escena surrealista que dejó perplejo a todo el mundo. Seguramente, los muchos turistas que había hoy en los tendidos habrán creído que eso formaba parte del espectáculo, que era algo normal. Y sin llegar al nivel de la normalidad, si hacemos memoria no es la primera vez que esto ocurre en Madrid. Si no recuerdo mal, en plena faena de José María Arenas, hace unos años cuando era novillero, el aspersor también se puso a funcionar. Al igual que ese día, hoy los que estaban vestidos de luces y todos los espectadores que contemplábamos la escena sentimos cierta vergüenza ajena por el suceso. Lo que no me explico como puede ocurrir esto. Si el aspersor se encendiera de forma automática debería hacerlo siempre a la misma hora. Si no lo hace nunca, ¿cómo de repente esta tarde se pone a funcionar? Si como digo es automático podría haber sido un fallo técnico, pero si se activa de forma manual, ¿quién ha sido el listo que ha hecho la gracia? Quizás el culpable estaría tan aburrido por la novillada que decidió darle un poco de interés y cachondeo al asunto regando un ruedo que ya de por sí estaba mojado por el aguacero que cayó antes del festejo. Otro día de tormenta en Madrid y van… Y si numerosos han sido los nubarrones que han descargado con ganas durante este San Isidro, también demasiados han sido los petardos ocurridos tarde tras tarde. Hoy, en la tercera y última novillada del abono, tampoco nos pudimos divertir. El descastado y deslucido encierro de Carmen Segovia, que además sorteó algún que otro ejemplar complicado y áspero, fue una decepción. Y, por otro lado, tampoco los chavales que hicieron el paseíllo estuvieron demasiado afortunados. Abría el cartel Tomás Campos, un joven extremeño al que desde que comenzó la temporada madrileña ya le hemos visto unas cuantas veces. Hoy, Campos dio muchísimos muletazos, pero ninguno dijo nada. Y ya sabemos que lo peor que puede despertar un torero, sea novillero o matador, es indiferencia. Por su parte, el alcarreño Curro de la Casa hacía su presentación en Madrid y, la verdad, es que este factor se notó. Más verde que una lechuga dio la impresión de estar de la Casa. Además, por momentos se le vio a merced de los elementos, sobrepasado por la presión y la responsabilidad de la tarde. Si mal estuvo en el segundo, algo mejor se mostró en el quinto. Por último y cerrando la terna actuó el colombiano Sebastián Ritter, novillero apoderado por Antonio Corbacho. De Ritter nos habían dicho (y alguno ya lo habíamos visto) que tenía valor, y así es, tiene valor y mucho. Un auténtico arrimón se pegó en sus dos turnos, especialmente ante el utrero (por edad, porque la apariencia y seriedad era de toro) que cerró plaza. Eso sí, eso del valor frío y de verdad, y el concepto vertical de riñones encajados está muy bien, pero también hay que torear. Y Ritter se olvidó de esto y…de la muleta. Sin mandar ni enganchar las embestidas de sus enemigos, el colombiano dejaba pasar el viaje pero sin llevarlo toreado. Como digo, el valor es algo imprescindible en un torero, pero siempre que se use para torear, no sólo para pegarnos el arrimón desde el primer muletazo. En definitiva, que hoy tampoco nos fuimos demasiado contentos a casa tras un festejo que tuvo como protagonistas al valor de Ritter y a un aspersor revoltosillo.

Foto: Javier Arroyo

Artículo 17ª abono Feria de San Isidro

"¿FUE DE PUERTA GRANDE?"
La corrida de hoy en Las Ventas ha arrojado un encendido debate sobre si Alberto Aguilar mereció salir a hombros y abrir la puerta grande tras la petición de oreja que no atendió el presidente en el último capítulo del festejo. Muchos hablan de robo, una palabra que nunca suelo (porque no me gusta) usar en este tipo de casos en los que el usía no concede un trofeo a un determinado torero. Para empezar, lo que hay que decir es que esta tarde Alberto Aguilar estuvo tremendo en Madrid, que ofreció una notable imagen en el tercer paseíllo que realizaba, en pocas semanas, en el coso madrileño. El primero fue fuera de abono, en la Goyesca del 2 de mayo, el segundo tuvo lugar ya dentro de San Isidro y hace dos semanas exactas ante la corrida de José Escolar, y finalmente esta tarde, por la vía de la sustitución, Aguilar regresaba a Las Ventas. Sin duda, una sustitución merecida tras las gratísimas sensaciones que este torero ha dejado en los aficionados venteños, no sólo en este 2013, sino por ejemplo el año pasado en la Feria del Arte y la Cultura ante los “victorinos”. Y Aguilar justificó su presencia sustituyendo a Fernando Cruz sobradamente. Cuando un torero se encuentra en un buen momento, confiado consigo mismo, lo que muestra en el ruedo es firmeza y claridad de ideas. Además, Alberto dio toda una lección de buena colocación y toreo puro, entre tanta figurita ventajista y mentirosa. Y todo ello, con el mérito añadido, de que delante no tuvo un lote de grandes posibilidades, sino varios astados descastados y deslucidos, que no fueron fáciles. El único potable el sexto que fue un mansito en el límite de fuerzas, pero que al menos tuvo nobleza y buena condición. Aguilar cortó una oreja de peso en el segundo y a punto estuvo de obtener otra en el que cerró plaza. Y he aquí el debate: tras una meritoria labor, un pinchazo, y una estocada, el público que casi llenó los tendidos de Las Ventas sacó los pañuelos en una petición claramente mayoritaria, pero que no consideró el señor presidente Julio Martínez.

Está claro que esto no es tan sencillo como que la máxima autoridad de la plaza no quiso dar la oreja porque la actuación de Aguilar no fue de su agrado, sino que esta decisión (eso sí, unilateral) respondió a una cuestión mucho más complicada. Si Alberto Aguilar no hubiera tenido ya una oreja en su esportón, o no hubiera pinchado en una ocasión antes de dejar el espadazo final, está claro que el presidente no habría dudado un segundo en conceder ese trofeo del sexto. El problema radicaba en que sí el señor Martínez sacaba el pañuelo blanco, el torero madrileño abriría la puerta grande. Y es que, desgraciadamente, en Madrid se puede salir a hombros con una y una. Y digo desgraciadamente porque considero una absoluta y urgente necesidad el que se cambie el reglamento y se obligue a cortar dos orejas en un mismo toro para la apertura de la puerta grande más importante del toreo. No puedo entender como en Madrid, en la primera plaza del mundo, en la que los triunfos son tan difíciles y la exigencia tan grande, no sea obligatorio este requisito de los dos trofeos de un mismo toro para salir a hombros. El listón de Madrid debe ser tal que el máximo premio y reconocimiento se consiga tras una labor tan redonda y rotunda que haya sido merecedora de las dos orejas y que haya logrado la unanimidad. Creo que el honor de salir en volandas calle Alcalá arriba es tan grande, que la actuación y faena del torero en cuestión debe ser sobresaliente. Pero claro, si hablamos de obligar por reglamento a cortar dos orejas en un mismo toro para abrir la puerta grande de Las Ventas, ya estamos hablando de otra cuestión. Alberto Aguilar, está claro, no tiene la culpa de la presente y cuestionable normativa. Y, con el reglamento en la mano, el presidente debió conceder la oreja en el sexto, simple y llanamente, porque la petición era mayoritaria y la primera oreja es del público. Y, una vez dicho esto, ofrezco mi modesta opinión: yo, personalmente, prefiero que los presidentes de Madrid se pasen de duros y exigentes, antes que de benevolentes y facilones; prefiero la dureza y la “austeridad” antes que el triunfalismo. Por lo tanto, creyendo injusta la decisión del presidente en este caso particular, prefiero que se den estos casos antes que los contrarios. La pena y lo injusto es que Aguilar paga los platos rotos cuando es uno de los pocos matadores que han dado la cara esta feria. Él, junto a algún otro como Iván Fandiño, sí han merecido el reconocimiento de todos y han destacado entre tanta mediocridad. Además, a este tipo de toreros una oreja o una puerta grande les supone una ayuda inimaginable. Por eso, pido dureza y rigor al palco presidencial, pero para todos por igual. No me vale que hoy le nieguen el premio a Alberto Aguilar, y que luego regalen orejitas a otros muchos. Y es que precisamente se da la circunstancia de que durante el presente San Isidro las rebajas han sido considerables. Lo que no se puede aceptar es que le regalen una oreja el viernes a Manzanares (una figura del toreo con su temporada hecha y los bolsillos llenos), y luego le nieguen hoy una a un torero modesto como Aguilar. Esas injusticias y distintos raseros son los que no me gustan un pelo.

Pero, más allá de todo este debate y de las opiniones de unos y otros, hoy Alberto Aguilar, con puerta grande o sin ella, ha demostrado a aficionados y profesionales su capacidad, condiciones y actitud. Y sinceramente creo que puede llegar a ser más positivo para él un balance de oreja de peso y vuelta al ruedo clamorosa, que otro con una puerta grande cuestionada. Y es que, si bien la suya fue una gran actuación, quizás la oreja del sexto estaba muy justita, en el límite. Para que luego se hable de puerta chica, o puerta grande barata, mejor que el torero en cuestión se vaya a pie pero con el reconocimiento de todos. Espero y deseo que sea así y la tarde de hoy suponga un importante toque de atención a todos aquellos que aún no se han enterado de que Alberto Aguilar es un torero muy a tener en cuenta y que se encuentra en un magnífico momento. La pregunta de “¿Fue de puerta grande?” arrojará opiniones diversas; en cambio, habrá unanimidad al calificar de notable la tarde de Aguilar hoy en Madrid. Quedémonos con eso.

Foto: Javier Arroyo