viernes, 31 de mayo de 2013

Crónica 22ª Feria de San Isidro

"REGRESO AL MUNDO DE LOS MANSOS"

La corrida de Samuel Flores, muy mal presentada, resulta otra mansada sin casta. Los toros y el viento, elementos a la contra en una tarde de voluntad de Rubén Pinar y Pérez Mota. Petardo de Antón Cortés.


Del buen y alentador sueño de la corrida de Adolfo de ayer, hoy volvimos a despertar para entrar de nuevo en la pesadilla. La pesadilla de la mansedumbre, la de los toros que en vez de luchar, huyen. Y también la pesadilla de la falta de casta, de los animales mal presentados e indignos en una plaza como Madrid... Todo el mundo seguía hablando de los "adolfos" que, con sus cosas, al menos devolvieron la ilusión y la emoción por momentos. Pero hoy, en la vigésimo segunda del abono isidril, Don Samuel Flores nos devolvió al letargo. Aunque, más que Samuel, los culpables de este nuevo petardo son los señores empresarios. La siempre gentil Taurodelta eligió el hierro de Samuel Flores como uno de los afortunados para saltar al ruedo en San Isidro. Con decenas de divisas aptas para poder escoger, los gestores de Las Ventas volvieron a llamar a una ganadería que lleva fracasando en Madrid años, por no decir décadas. Y es que, lo peor de todo, es que este era un petardo absolutamente previsible. La vacada de Samuel Flores está hundida por la consanguinidad y la mala selección desde hace mucho, pero en cambio, sus buenas relaciones sociales pesan más que la casta y la bravura. Para esta corrida, precisamente, había un encierro cinqueño de Dolores Aguirre reseñado. En un principio se iba a lidiar en marzo, en alguno de los festejos de Semana Santa. Al final, Taurodelta les dijo a los ganaderos que no, que se anunciaría en San Isidro. Así estaban las cosas hasta que, a última hora, Dolores Aguirre se cayó del elenco ganadero y fue sustituida por Samuel Flores. ¿Nos lo pueden explicar? Y el colmo de los colmos es que, encima, Don Samuel, visto lo que esta tarde salió por chiqueros, no tenía una corrida propia de Madrid. En definitiva, que luego no nos quejemos de los desastrosos resultados.

A la postre, el primero fue el ejemplar de mayores opciones del sexteto. Aunque, claro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Serio por delante, con unos pitones tocaditos y ligeramente corniabrochados, por detrás (como el resto de la corrida) no tenía remate. Este, al menos, no fue una sardina como alguno de sus hermanos. Y el que abrió la corrida cantó rápido su condición, esa misma que después sería la tónica general: la mansedumbre. Manso y suelto en los primeros tercios, a la muleta llegó con cierta transmisión. Tras la ceremonia de la confirmación de alternativa, Pérez Mota hilvanó una faena con altibajos en la que faltó bajar más la mano y llevar toreado y enganchado a su enemigo. Muy voluntarioso, logró una estimable y templada serie con la diestra. El animal, que en todo momento intentó rajarse y tirar la toalla, metió la cabeza por el pitón derecho. Al final, la voluntad quedó por encima del lucimiento y tras fallar con la espada, todo quedó en silencio. Lo del quinto, por su parte, merece un capítulo aparte. Cuando apareció entre la penumbra de toriles el astado que completaba el lote del gaditano, por más que pasaran los segundos, lo único que se divisaba eran pitones y más pitones. Muy serio por delante, sí, pero eso no es un toro de lidia. El de Samuel era una mezcla de buey y de ciervo. Quizás, alguno de los que pastan junto a los toros en su finca y que hacen las delicias de los aficionados a la caza, se escapó y cubrió alguna de las vacas. Si no es así, no encuentro otra explicación. Algunos aplaudieron de salida (y en el arrastre) al bicho, aunque esos mismos no se percataron de que todo lo que tenía de cuerna, no lo tenía de cuajo. Una sardina escurrida y sin remate, ni más ni menos, es lo que era. Y aquí no sólo las culpas deben ir a parar al ganadero, sino también a los veterinarios y el presidente. ¿Cómo se les ocurrió aprobar semejante cornúpeto? El caso es que el “samulo” fue un manso como los demás. Es verdad que en el último tercio, de vez en cuando, metió la cara pareciendo que embestía, pero...no nos podemos conformar con tan poco. Pérez Mota lo volvió a intentar con voluntad y en este turno bajó más la mano consiguiendo algún muletazo que fue acogido vehementemente por los tendidos. Eso sí, cuando le tocó la tela o le subió la muleta, el animal pegó varios derrotes muy violentos. Y si en el otro falló en la suerte suprema, a este lo mató de una gran estocada que, pese a la ligera travesía en la colocación, fue ejecutada brillantemente.

Rubén Pinar fue el más destacado de entre los de a pie. También era fácil. El albaceteño destacó en su primero, un interesante pero complicado sobrero de Aurelio Hernando que saltó a la arena en sustitución de un bichejo impresentable e inválido de la ganadería titular. El ofensivo ejemplar de Aurelio Hernando, jabonero sucio de capa, empujó con los riñones en el caballo, aunque en el segundo puyazo acabó saliendo suelto. Cumplió en el primer tercio, pero a partir de entonces comenzó a agriarse. En el comienzo del trasteo de su matador, ignorando el toque de la muleta de Pinar, el toro le cogió en una fea voltereta y después lo buscó con saña en el suelo. El de Tobarra no se afligió y se volvió a poner demostrando oficio y profesionalidad. Su oponente no fue fácil, ya que no terminaba de humillar e iba midiendo, pero al menos su movilidad decía algo, tenía interés. Rubén Pinar consiguió algunos muletazos limpios y después lo mató de una buena estocada. Y si en el tercero bis pudo al menos demostrar capacidad y valor, en el sexto lo único que hizo fue correr y perseguir a una res mansa y huidiza. Por más que intentó sujetarlo, el lucimiento fue imposible ya que en el segundo muletazo el de Samuel salía de najas.

Y si sus compañeros por lo menos intentaron el esfuerzo por encima de los elementos (ganado y viento), Antón Cortés no hizo ni eso. Sin actitud, sus dos labores carecieron del más mínimo compromiso. Siempre citando con el pico y despidiendo las embestidas hacia fuera, no se quedó quieto ni un momento, ni tampoco bajó la mano una sola vez. El segundo, su primero, fue un feo animal deslucido que siempre embistió con la cara a media altura. A este, Cortés se lo quitó de en medio con un bajonazo infame. También “habilidoso” estuvo para despachar al descastado cuarto, que además era mirón y medía. Como balance a su “destacada” actuación escuchó pitos en ambos capítulos.

22ª abono Feria de San Isidro. Con más de tres cuartos, se lidiaron 5 toros de Samuel Flores (el 2º con el hierro de Manuela Agustina López Flores), cornalones y serios por delante, pero mal presentados por sus escurridas hechuras y su escaso remate por detrás, de manso y descastado juego en general, y 1 (3º bis) de Aurelio Hernando, correctamente presentado y complicado.

Antón Cortés: pitos en ambos
Pérez Mota (que confirmaba alternativa): silencio tras aviso y saludos tras aviso
Rubén Pinar: saludos tras aviso y silencio

Crónica 21ª Feria de San Isidro

"UN ESPECTÁCULO"

La interesante corrida de Adolfo Martín, que sortea dos notables astados, y la actuación de la terna, protagonizan una buena tarde de toros. Oreja para Ferrera y la plaza en pie para reconocer a la cuadrilla de Javier Castaño.


Hoy, tras tardes y tardes de aburrimiento y sopor, todos los que salieron de la plaza de Las Ventas lo hicimos con una sonrisa. El entretenimiento y, por momentos, la emoción volvieron a Madrid. Y los culpables del relativo éxito fueron tanto el ganadero, como los toreros (de oro y de plata). No fue una gran corrida, no, pero el público mantuvo la atención durante las más de dos horas que duró el festejo. Eso, precisamente eso, fue el mayor triunfo de la vigésimo primera de abono. Tras corridas infumables por su mansedumbre y falta de casta, Adolfo Martín trajo algo de esto último y el espectáculo fue posible. Mil matices le podremos sacar al encierro de hoy, algo imposible en días anteriores en los que, por más que rebuscaras, no podías extraer nada bueno. Es verdad que siempre se espera más de esta ganadería con un palmarés envidiable en no muchos años de historia, e incluso más dureza, pero al menos hubo variedad, interés, y dos toros de nota. El cuarto "Baratillo" y el que cerró plaza, "Marinero", ambos cornipasos y de imponente y preciosa estampa, ofrecieron espectáculo en varas (en distintas dosis y con matices) y luego muchas embestidas para el triunfo. Y delante de ellos, dos matadores que protagonizaron una de sus mejores tardes en Madrid: Antonio Ferrera y Javier Castaño. Ambos, también con matices a desarrollar, anduvieron a muy buen nivel. El menos afortunado en el sorteo fue Alberto Aguilar, que con el peor lote se justificó a base de voluntad y valor. La plaza se llenó y el público se divirtió, ¿qué más se puede pedir visto lo visto? Y, además, el divertimento no fue fácil ni verbenero, estuvo sostenido en todo momento por la verdad y la emoción que da la casta, y el compromiso y entrega del que se viste de luces.

Antonio Ferrera cortó la única oreja de la tarde, en una labor en la que al final contó más el conjunto que el trasteo en sí. Fue ante el cuarto, un toro de impresionante trapío. Cornipaso, enseñando las palas, recordó a aquellos “victorinos” de hace décadas, incluso al toro antiguo. Aunque pesaba “solo” 517 kilos, el de Adolfo era un “tío”, absolutamente cuajado y con remate por todas partes. Y cuando empezó a embestir al capote de Ferrera, el espectáculo comenzó. Qué forma de querer coger las telas, haciendo el avión, pero todo ello con intensidad, emoción…casta. Cuando sonaron los clarines para invitar a salir a los del castoreño, run run en la plaza ante las esperanzadoras y emocionantes primeras arrancadas de “Baratillo”, una reata, por cierto, de las más importantes, no sólo en esta ganadería, sino también en la de Victorino Martín. Y “Baratillo”, en cuanto vio el caballo, se fue a por él. Y tanto empujó, que lo derribó. El tercio de varas iba camino de ser un auténtico acontecimiento, pero el ejemplar de Adolfo ya se resistió más a regresar al peto. Le colocó su matador varias veces en suerte (una de ellas en el mismísimo centro del ruedo), pero el astado tardeó y comenzó a escarbar. Al final, ya más cerrado, aunque a una distancia considerable, se arrancó y volvió a empujar. No habría estado de más verlo en una tercera vara, pero así es la Tauromaquia de hoy… El tercio de banderillas llevó, como de costumbre, la firma del propio Ferrera. Muy torero en todo momento, fue un buen segundo tercio en el que él mismo colocó a su enemigo, clavó los palos en distintas suertes (cuarteando, de dentro afuera o al quiebro), y casi siempre colocó los rehiletes en la cara y no a toro pasado. Lo malo fue que este tercio se eternizó y las pausas que surgieron en él acabaron castigando en exceso al toro. Encastado ante todo fue “Baratillo”, animal que a pesar de ello tuvo nobleza y quiso coger la muleta siempre por abajo, como los bravos. Se desplazó con mucha transmisión en los primeros muletazos, aunque después se empezó a apagar. La larga lidia a la que fue sometido, los puyazos, y el encimismo de Ferrera terminaron por ahogar a un astado que pedía algo más de distancia. El extremeño logró muletazos de estimable templanza, aunque la faena no terminó de romper. A pesar de ello, la capacidad e inteligencia lidiadora que demostró durante toda la tarde tuvieron su recompensa en forma de una oreja bastante protestada y muy justita. La estocada, ligeramente atravesada, fue ejecutada de forma perfecta, realizando Antonio Ferrera la suerte suprema a tres tiempos. El que abrió plaza, el de mayor tamaño de la corrida, fue también aplaudido de salida. Derribó al caballo que guardaba la puerta demostrando bravura al empujar con los riñones, y con la cara fija y abajo. En el segundo puyazo también cumplió. Pero tras el primer tercio, la intensidad bajó mucho. Este primero fue una de las dos reses que tuvieron la fuerza en el límite, llegando a doblar las manos en alguna ocasión. Fue noble, demasiado noble un animal al que le faltó, además de fortaleza, más carbón y casta. La faena de Ferrera, que antes había puesto al público en pie con las banderillas, tuvo también templanza y en ella hubo muletazos estimables, pero faltó más transmisión por parte del toro. Tras un arrimón y una buena estocada, saludó una ovación.

Una oreja tenía cortada Javier Castaño en el sexto pero, una vez más, la espada se cruzó en su camino. Castaño mató su segundo en último lugar porque tuvo que pasar a la enfermería tras estoquear al segundo de la tarde. Tras sufrir un pitonazo, tuvo que salir con su mano derecha vendada para poder lidiar y estoquear al que había sido enchiquerado como quinto. “Marinero” se llamaba, un precioso ejemplar cárdeno claro de capa, muy cornipaso, y de preciosa y muy seria lámina. En una palabra: trapío. Cuando apareció por la puerta de chiqueros fue fuertemente ovacionado, con el tendido 7 en pie. Y también ovación “escuchó” ya muerto cuando era arrastrado por las mulillas. Este “Marinero” fue el otro toro de la tarde. Bravo en el tercio de varas, se arrancó de lejos en tres puyazos que fueron ejecutados magistralmente por el gran Tito Sandoval. Tito dio una lección de cómo se debe mover el caballo con naturalidad, pero autoridad, y como se debe echar el palo dando antes los pechos del caballo. “Marinero” se arrancó con alegría (aunque después no terminó de empujar con convicción en el peto) y la plaza se puso en pie. De nuevo, después de mucho tiempo, Las Ventas volvía a ovacionar de pie a un toro y a un picador en un momento mágico, cargado de emoción. Pero aquí no terminó todo, ya que a continuación salió en escena el resto de la cuadrilla de Castaño. David Adalid y Fernando Sánchez nos deleitaron con un sensacional tercio de banderillas. Ambos dieron todas las ventajas al toro, fueron andando a la cara, sacaron los palos de abajo, y clavaron con absoluta pureza asomándose al balcón. Los dos se desmonteraron al igual que en el segundo de la tarde. Por fin, variedad, entretenimiento total, y el resto de tercios al margen del de muleta, también protagonistas. Tras el maremoto de Tito y de dos de sus hombres de plata, Javier Castaño comenzó la faena de muleta. Con la montera calada en un gesto de torero añejo, el salmantino firmó un fantástico inicio cargado de templanza y torería. Al de Adolfo, por su parte, sólo le faltó un punto más de transmisión y picante para que hubiera sido el toro perfecto. Humilló mucho, tuvo recorrido, calidad…todas las virtudes del encaste Albaserrada-Saltillo. Y todo con su punto de casta, con nobleza pero sin ser tonto y dotando de importancia todo lo que su matador realizaba. Éste firmó un trasteo con altibajos en el que, por momentos, faltó bajar más la mano y no rematar los muletazos hacia arriba. Pero igual que hubo puntos a mejorar, Castaño logró naturales realmente sobresalientes, ejecutados con pureza, muy bien colocado. Se la jugó porque, pese a su manifiesta bondad, el toro no perdonaba y sabía lo que se quedaba atrás. Tenía el trofeo, pero pinchó en una ocasión y dejó una estocada muy tendida después. Quizás, la herida de la mano influyó en el poco acierto estoqueador. Como premio, dio una vuelta al ruedo clamorosa. Y “Marinero”, al igual que “Baratillo”, fue ovacionado en el arrastre. El primero del lote de Castaño no fue, ni de lejos, como su segundo. El animal, el único que bajaba en presentación del sexteto, no hizo nada reseñable en el caballo y después demostró falta de casta y movilidad en el último tercio. El primer muletazo se lo tragaba, pero en el segundo pegaba un hachazo de enorme violencia. Castaño se intentó justificar poniéndose en el sitio y con la muleta a media altura, pero el lucimiento se tornó imposible. Aquí también estuvo mal con la espada.

Y si sus compañeros se llevaron cada uno un toro bueno, menos fortuna tuvo el sustituto del herido Iván Fandiño. En su cuarto paseíllo en Madrid durante este mes, Alberto Aguilar tan sólo pudo dejar constancia de su valor y de voluntad. Posee un buen concepto del toreo que ya ha demostrado, pero hoy quedó inédito y casi no tuvo opción. El tercero, noble y de buena condición, anduvo también muy justo de fuerzas y falto de chispa. Aguilar extrajo en este turno algunos naturales largos y templados, pero fueron muy contados y la ligazón no fue posible. Ante el quinto (que debió salir en sexto lugar) tuvo las cosas más difíciles. Este de Adolfo fue el que más se pareció a las llamadas alimañas. Más complicado, áspero y agrio, estuvo desde salida muy agarrado al piso y no tuvo continuidad en la embestida.

21ª abono Feria de San Isidro. Las Ventas. Con lleno en los tendidos, se lidiaron 6 toros de Adolfo Martín, muy bien presentados (salvo el 2º), serios y rematados, pero muy en el tipo de la casa, y de juego desigual. Destacaron 4º y 6º, bastante bravos en varas y luego de buen juego en la muleta, más encastado el primero y más con más calidad el que cerró plaza. 1º y 3º nobles pero flojos; 5º complicado.

Antonio Ferrera: saludos tras leve petición y orejas con algunas protestas
Javier Castaño: silencio y vuelta al ruedo
Alberto Aguilar: saludos y silencio tras aviso

jueves, 30 de mayo de 2013

Artículo 20ª abono Feria de San Isidro

“MENOS MAL QUE QUEDA POCO…”
Si no hubiera querido realizar esta feria ni un mínimo esfuerzo a la hora de escribir sobre lo ocurrido cada tarde en el ruedo de Las Ventas, lo hubiera tenido muy fácil. Podría haber hecho una maqueta o plantilla y publicar cada día lo mismo, cambiando únicamente los nombres de los actuantes. Y es que en este San Isidro la variedad ha brillado por su ausencia. Hablo ya en pasado porque tan sólo quedan tres festejos para que el ciclo taurino más importante de la temporada eche el cierre. Hoy era la vigésima del abono y pasó más de lo mismo. Por segunda tarde se lidiaba ese divisa tan querida por los aficionados madrileños por su latente bravura y poderío. Esto, claro, es ironía. Jandilla regresaba a Las Ventas tras el petardo de hace menos de una semana. Al menos, en esa ocasión la corrida pasó entera el reconocimiento veterinario, porque hoy ni eso. El encierro de Borja Domecq tuvo que ser remendado con dos animales de Las Ramblas (otro hierro más de tantos procedentes de Domecq) y, pese a todo, lo que salió por chiqueros tampoco fue un ejemplo de seriedad y trapío. En general, otro lote de toros mal presentados y que, además y para no romper con la racha, estuvo completamente ayuno de casta. Fue, de nuevo, un desfile de mansos, flojos y descastados que no dieron ninguna opción a la terna actuante. Terna, por otra parte, que tampoco invitaba al optimismo. El Fandi completaba su doblete, mientras que Daniel Luque hacía lo suyo con su triplete. La única buena noticia que nos dejó el día fue precisamente que ya no tendremos que soportar otra tarde más a estos dos toreros. Ni a ellos, ni a Jandilla. El joven Jiménez Fortes, el único con cierto interés del cartel, se estrelló con unos productos putrefactos que le dejaron inédito. Y, entre tanto, otra buena entrada en el coso de la calle Alcalá con alrededor de tres cuartos de los tendidos cubiertos en una nueva tarde de lluvia y frío, más propia del invierno que del cercano verano. Entre la mayoría de animales lidiados, la actuación de muchos de los diestros que han hecho el paseíllo, y el factor meteorológico…en vez un disfrute, el San Isidro de este 2013, ha resultado un auténtico sufrimiento.

Sí, la paciencia empieza a acabarse tras tres semanas de petardos y fracasos continuos. Aunque los aficionados siguen aguantando estoicos el paso de los días y el aburrimiento, en el ambiente se comienza a respirar un sentimiento de absoluta resignación, cansancio y, por qué no, indignación. Y es que, casi finalizada la feria, es hora de empezar a señalar a los responsables del descalabro. Está claro que los culpables son numerosos y diversos, pero uno se erige por encima de los demás: la empresa. Taurodelta se sigue superando (y mira que es difícil) año tras año en su objetivo de dilapidar la afición en la monumental de Las Ventas. Los carteles eran flojos, pero los resultados son mucho peores. A pesar de las numerosas orejitas regaladas que se han cortado con la complicidad de los presidentes, estos trofeos no pueden maquillar el pésimo balance de casi un mes de toros continuado. Al margen de que el nivel de presentación ha descendido notablemente con encierros muy desiguales y algunos bichejos impresentables, el ínfimo nivel de casta de los hierros lidiados es lo más preocupante. Han decepcionado casi todos y tan sólo se han salvado unos cuantos, y, dentro de los que han conseguido no hundirse, ninguno ha lidiado una corrida o novillada completa y sobresaliente. Lo del tercio de varas, por otra parte, ya es una batalla perdida. Y luego qué decir de esas faenas interminables y anodinas que parecen todas iguales y que no dicen absolutamente nada. Sin duda, un canto a la mediocridad es lo que ha sido esta isidrada que ya nos va dejando. Los ganaderos que crían borregas para el lucimiento y disfrute de los toreros son una lacra para este espectáculo, sí, y también aquellos espadas que cada día realizan un alarde de ventajas y vulgaridad, pero la máxima responsable de cara al aficionado es la empresa gestora de la que se supone es la primera plaza del mundo. Ellos, con unos carteles de sota, caballo, y rey, marcados por los cambios de cromos, y que tienen el único objetivo de seguir aumentando sus fortunas, siguen cavando día a día la tumba de la Tauromaquia. Ya lo avisamos muchos hace meses: ¿qué pinta Jandilla dos tardes en Madrid?, ¿qué justificación tiene el triplete de Daniel Luque en el abono? Pues al final volvimos a llevar razón. Pero, no se preocupen ustedes, que seguro que el año que viene nos volvemos a deleitar con la sonrojante falta de casta, fuerza y bravura de una, y con el toreo mediocre y pegapasista del otro. Menos mal que mañana viene Adolfo y el sábado Cuadri, y menos mal que San Isidro toca a su fin…

Foto: Javier Arroyo

miércoles, 29 de mayo de 2013

Artículo 19ª abono Feria de San Isidro

“¿EXIGENCIA?, MEJOR TRIUNFALISMO”
Hoy, en la decimonovena de la Feria de San Isidro, saltaron las alarmas. Por distintos motivos algunos nos marchamos de la plaza seriamente preocupados. Como siempre, la mayoría nos tacharán (a los que pensamos así) de pesimistas o derrotistas que buscan un espectáculo utópico y que no se conforman con nada. No se crean esto porque los más de dos siglos de Tauromaquia han demostrado que esa fiesta que algunos (pocos) buscamos, es posible. La casta en el toro y la pureza en el torero deberían ser los pilares sobre los que se sustente, no sólo la fiesta de los toros en general, sino también la afición de cada uno en particular. Pero ese tipo de acontecimiento está, desde hace bastante tiempo, en vías de extinción. Y lo ocurrido hoy en la que se supone es la primera plaza del mundo no invita al optimismo. Digo se supone porque cada día es más difícil reconocer a Las Ventas como la cátedra del toreo. Y, por estos derroteros, viene una de las alarmas surgidas tras la corrida de esta tarde. El comportamiento del público de Madrid comienza a ser muy preocupante. Si en los últimos años algunos ya habíamos notado un cambio y unas reacciones extrañas cada vez más frecuentes, lo de este San Isidro está confirmando todas las sospechas. Si antes el coso de la calle Alcalá (su público, está claro) se definía por ser el más exigente y entendido, en la actualidad esto ha dejado paso a un público verbenero que no exige ni un mínimo y que, a lo largo del desarrollo de la lidia, muestra la más notable ausencia de conocimientos taurinos. No se protestan apenas animales impresentables que antaño habrían provocado la más grande desaprobación de los tendidos; se aplaude por no picar, o no se protesta cuando se realiza mal la suerte de varas; se jalea y aplaude ese toreo alegre y voluntarioso, pero que no cumple (ni de lejos) con los cánones de parar, templar, cargar, y mandar; se premian faenas que en otro tiempo no hubieran obtenido ni una palma como recompensa…y así me podría tirar toda la noche.

Y ya no hay excusas que valgan. Unos días porque son festejos de rejones; otros porque el público de los domingos es distinto y menos asiduo y aficionado; otros días porque a las novilladas van muchos de los amigos y familiares de los abonados; otros porque son carteles del “clavel”…el caso es que parece que siempre tenemos excusa para justificar el comportamiento del respetable en esos días de rebajas y extrema benevolencia. ¿Y hoy, qué motivo había hoy para que el abonado y aficionado no acudiera a la plaza? En el cartel tres jóvenes, cada uno con un particular concepto del toreo, y todos con supuesto interés y actuaciones estimables a sus espaldas. Sergio Aguilar (uno de los llamados “toreros de Madrid”), Miguel Ángel Delgado (casi inédito por sus contados contratos y que el pasado año ofreció una gratísima imagen en sus dos comparecencias el 15 de agosto y el 12 de octubre), y Arturo Saldívar (uno de los matadores mexicanos con mejores condiciones). Si este cartel no era para que los supuestos aficionados madrileños hubieran acudido en masa a Las Ventas…que venga Dios y lo vea. Y es que hoy, de nuevo, se regaló una oreja tras un trasteo de Saldívar muy voluntarioso e incluso valiente, pero que no tuvo la más mínima rotundidad y lucimiento en cuanto a toreo fundamental se refiere. Y si no se cortaron más orejas, además, fue porque el encierro del Ventorrillo (¿adonde ha ido a parar la casta, movilidad, y bravura de esta divisa que tantas tardes de triunfo y espectáculo posibilitó hace años?) no dio apenas opciones. Entonces, ¿dónde está esa afición de Madrid exigente y que sólo premiaba aquellas obras notables o sobresalientes? Pero es que si esta verbena constante es preocupante, no lo es menos la actuación día tras día de presidentes y veterinarios. Ya he perdido la cuenta de las corridas o astados mal presentados que han saltado al ruedo en lo que llevamos de feria. La de hoy del Ventorrillo tuvo kilos y más o menos cuajo, pero por delante sorteó a varios ejemplares sin un ápice de seriedad para Madrid. Toros que llaman “bonitos” o “toreros”, con cuernas ligeramente gachas o abrochaditas, propios de cosos de segunda, pero no de primera categoría, y menos de Las Ventas. Antes, pese a los pobres resultados tarde tras tarde, al menos nos conformábamos porque en Madrid salía el toro y los espectadores exigían la fiesta auténtica. Ahora, en cambio, si ya tampoco sale ese toro y el público que llena los tendidos es más propio de un pueblo que de la plaza que lo daba y lo quitaba todo, entonces… ¿cómo seguir vendiendo que Las Ventas es el coso más importante del mundo y San Isidro el ciclo taurino más trascendental de la temporada? Pero lo más preocupante de todo esto es el “miedo” o el rechazo que siente la mayoría a esa bendita y tan necesaria palabra como la exigencia. ¿Por qué tiene que ser de “talibanes” o infelices amargados eso de exigir al torero, y también al toro? Sólo siendo exigentes podremos obligar a los protagonistas de este espectáculo a que hagan el esfuerzo que deben y, por ende, poder aspirar a disfrutar y deleitarnos con las grandezas de la Tauromaquia. Si bajamos el listón y nos conformamos con poco, en lo que estaremos cayendo, simple y llanamente, es en el triunfalismo barato. Y este triunfalismo, ni más ni menos, tendrá (y tiene) como claro objetivo el tapar y esconder la mediocridad reinante en el mundo del toro actual.