martes, 21 de mayo de 2013

Crónica 12ª Feria de San Isidro

"UN NOVILLERO AL QUE ESPERAR Y UN PAR DE NOVILLOS SIN TOREAR"

En la segunda novillada del abono destacan el valor y las ganas de Gonzalo Caballero, así como varios utreros de triunfo de un desigual encierro de Nazario Ibáñez.


La duodécima de San Isidro (ya ha pasado la mitad de la feria) comenzaba con un sentido y emocionante minuto de silencio en memoria de uno de los más grandes toreros del siglo XX. Ayer nos dejaba Pepe Luis Vázquez, diestro sevillano por nacimiento y concepto, pero también de Madrid. Y es que en Las Ventas siempre se le esperó y se le quiso. Torero que puso a todos de acuerdo por su innata torería, gracia y pureza. Con Pepe Luis se va, no sólo el decano de los matadores, sino también uno de los últimos representantes de la conocida como "Escuela sevillana". Pero dejando al margen el recuerdo de este gran y único torero, hoy en el coso madrileño estaba anunciada la segunda novillada del abono. Y, otra tarde más, el tiempo volvió a hacer de las suyas. Empezó el festejo con un fuerte viento que se acabó templando tras el paso de una nube que descargó otro aguacero sobre la monumental. Además, hoy también hizo frío. Con estos elementos, hizo el paseíllo una terna de jóvenes novilleros a los que se esperaba con interés. También con ambiente regresaba la ganadería de Nazario Ibáñez, que el año pasado lidió una de las mejores novilladas de toda la temporada en Las Ventas. Y, aunque el de hoy no fue, ni mucho menos el de 2012, el encierro murciano sorteó a varios ejemplares de grandes posibilidades que, de caer en otras manos, se habrían ido sin alguna que otra oreja camino del desolladero. Con un punto de mansedumbre casi toda ella, sobre todo los dos últimos, la novillada mantuvo el interés, se movió bastante, y sorteó animales de grandes posibilidades de triunfo. De los tres chavales, sin duda, el que más destacó fue Gonzalo Caballero. El madrileño, que desde la pasada temporada es uno de los jóvenes valores con más ambiente, volvió a dar buena cuenta de su valor y disposición, aunque también de su falta de técnica y oficio. Al margen de tener que solventar con urgencia su problema con la espada (pudo perder una oreja en el segundo), es de agradecer algún novillero que no intenta aliviarse y que busca la tan añorada pureza.

Caballero pinchó un interesante trasteo que fue de menos a más en el segundo capítulo de la tarde. Muy inteligente, tras unas ajustadas bernadinas de cierre, el de Torrejón de Ardoz se cuadró ante su oponente, por sorpresa, cuando nadie sabía que ya tenía en su poder la espada de verdad. Los murmullos dieron la sensación de ser el precedente del primer trofeo, pero Gonzalo no remató lo que anteriormente había realizado y pinchó. Aunque se tira derecho y con buenas intenciones, el joven novillero se queda en la cara, no termina de pasar, y suele dejar siempre estocadas muy tendidas. El primero de su lote tuvo nobleza y buena condición, aunque el defecto de soler levantar la cabeza al final de los muletazos desluciendo así a los mismos. Lo mejor de la actuación de Caballero fue, además de su indudable valor y voluntad, el intentar siempre colocarse en el sitio, cruzándose, para, algunas veces, cargar la suerte al ejecutar el muletazo. “¡Por fin un novillero que echa la pata pa’lante!” exclamó un aficionado que se sentaba cerca del que escribe estas líneas. A las distintas series que logró el novillero, vestido de un terno purísima y oro, les faltó mayor limpieza, en la mayoría de los casos a consecuencia del defecto de salir con la cara alta que tenía el de Nazario Ibáñez. Pero también la causa de ese exceso de enganchones y de la poca profundidad de los muletazos es una importante carencia que mantiene Gonzalo Caballero y que no le ha permitido evolucionar todo lo que fuera deseable. A sus muletazos, y por lo tanto, a su toreo, le falta mando, llevar más enganchadas y sometidas las embestidas de sus antagonistas. Cuando resuelva este problema, seguro que el toreo logrado será más compacto y redondo. Al margen de todo esto, quedó claro que las carencias técnicas que aún demuestra se deben al poco oficio y bagaje de un torero que debutó hace poco más de un año. Hay mucho que pulir, pero al menos este chaval tiene una importante base de valor, así como personalidad y unas maneras bastante inusuales hoy en día. El que hizo quinto dio rienda suelta a su condición de manso desde que salió de chiqueros, y su lidia se convirtió en una historia interminable. La res de esta divisa de procedencia Núñez salió de los encuentros con el picador pegando un salto y huyendo como alma que lleva el diablo, ocasionando el desconcierto más absoluto en el ruedo. Se le pegó poco y llegó bastante entero a un tercio final en el que no le puso las cosas fáciles a su matador. Embistiendo a oleadas, o arreones de manso, nunca estuvo metido en el engaño, no tuvo clase, y salió casi siempre con la cara alta y mirando al tendido. Gonzalo Caballero lo volvió a intentar y consiguió extraer una buena serie al natural, aunque la faena no llegó a cuajar. Unas manoletinas precedieron a nuevos intentos y fallos en la suerte suprema que volvieron a dejar todo, como en su primero, en una ovación con saludos. Intentó dar la vuelta al ruedo Caballero, pero parte del público se le echó encima y desistió. Por otro lado, y aunque el capote (sobre todo a la verónica) no es su fuerte, señalar que el madrileño dejó el mejor quite de la tarde ante el primero en unas templadas gaoneras que gustaron al respetable.

Abriendo cartel actuaba un Álvaro Sanlúcar que no tuvo su tarde. Si el toreo de Caballero se caracterizó por intentar acercarse a la pureza, el de Sanlúcar fue lo contrario. La cara y la cruz. Siempre al hilo o, directamente, fuera de cacho, las maneras del joven espada se vieron eclipsadas por su constante colocación y ejecución ventajista. Retrasando la pierna que torea cual figura del siglo XXI, sus labores fueron acogidas con indiferencia y recriminación por los tendidos. Aunque en el primero, un serio y bonito ejemplar casi carbonero, no tuvo opción debido a la debilidad y descaste del que abrió plaza, en el cuarto sí que tuvo enfrente a un astado de triunfo. Teniendo recorrido y humillación, el de Nazario Ibáñez no tuvo un pelo de tonto, y fue encastado. Vibrantes embestidas que mostró el utrero, pero que fueron desaprovechadas por un Álvaro Sanlúcar que también se alivió en la suerte suprema. Mientras el cuarto era arrastrado al desolladero con las orejas intactas, su matador escuchó un silencio sepulcral, al igual que en el primero.

Por su parte, César Valencia, que fue alumno de la Escuela Taurina de Madrid como Gonzalo Caballero, fue el encargado de actuar en tercer lugar y también fue agraciado con un buen toro. Si el cuarto fue tanto astado de torero, como de público, el tercero fue el “enemigo” perfecto para el de luces. Desgraciadamente, César Valencia no anduvo a la altura de ese noble, enclasado, y humillador tercero. También voluntarioso, bajó la mano con frecuencia, pero ejecutó un toreo de compás muy abierto que no caló en los tendidos. El mansurrón sexto, recibido a portagayola, no le puso las cosas tan fáciles y el venezolano sólo pudo justificarse en una labor que también fue silenciada.

12ª abono Feria de San Isidro. Las Ventas. Con más de media plaza, se lidiaron 6 novillos de Nazario Ibáñez, correcta aunque desigualmente presentados, y de distinto juego. Noble y bueno resultó el 3º, y más encastado el 4º, fueron los mejores. 1º flojo y descastado; 5º y 6º más mansos.

Álvaro Sanlúcar: silencio y silencio
Gonzalo Caballero: saludos tras aviso y saludos
César Valencia: silencio en ambos

domingo, 19 de mayo de 2013

Crónica 10ª Feria de San Isidro

"NI TALAVANTE, NI VICTORINO"

Estrepitoso fracaso de los dos protagonistas del acontecimiento taurino más destacado de los últimos años. Talavante, sin actitud, tan sólo deja algunos naturales ante el mejor toro de una corrida justa de todo de Victorino.


La expectación y el ambiente que se respiraban esta tarde en Las Ventas eran propios de los días grandes. No era para menos, una figura del toreo se media ante seis astados de la ganadería más importante y cotizada de las últimas décadas: Victorino Martín. Desde que Alejandro Talavante anunciara su intención de encerrarse con seis "victorinos" en Madrid, todo el mundo tenía marcada en el calendario la fecha del 18 de mayo. Por sexta vez en la Historia, un torero iba a matar en solitario un encierro del hierro de la A coronada en Las Ventas. La plaza, completamente llena; la reventa, por las nubes; y ante todo, el deseo y la esperanza de vivir un acontecimiento que, desgraciadamente, se produce muy de cuando en cuando. Las anteriores encerronas habían resultado triunfales en mayor o menor medida, pero el destino quiso que Talavante no se sumara a la lista de los diestros que abrieron la puerta grande y alcanzaron la gloria en una corrida como la de hoy. Pero claro, el destino muchas veces viene marcado de antemano, y nosotros, los seres terrenales, ponemos de nuestra parte para que el destino al final sea uno, u otro. Lo que ocurrió en el festejo más esperado de este San Isidro fue un desastre, un nuevo petardo en una, hasta ahora, paupérrima feria madrileña. Al final, los únicos que cumplieron en la anunciada gesta fueron los aficionados, el público que pagó su entrada y que llenó los tendidos, gradas, y andanadas del coso de la calle Alcalá. Ellos sí cumplieron; el torero, el ganadero, la empresa, y los veterinarios y presidente...no.

Para empezar, la corrida del ganadero de Galapagar estuvo mal presentada. Si un criador nunca sabe realmente lo que llevan dentro sus animales, sí que sabe, y por lo tanto es responsable, de su fachada, de la presentación. Y Victorino dio una importante muestra de irresponsabilidad al enviar a Madrid, a su plaza, un encierro muy terciado por delante, y con escaso remate de hechuras. Tan sólo se salvó el que cerró plaza, el único astado presentable para el coso más importante del mundo. Desde el 7 gritaban: "Vaya novillada Victorino...", o "las corridas hay que presentarlas". Y llevaban mucha razón. Madrid encumbró al que hasta entonces era el "paleto de Galapagar", lo llevó a convertirse en el ganadero más importante y cotizado, así como un símbolo de la casta y la integridad. Y esa misma plaza hoy se vio defraudada, casi estafada, por el lote de "albaserradas" de Victorino. Y, pese a que muchos no lo quisieran reconocer antes de las siete de la tarde, ¿alguien duda ahora que si no hubiera sido Talavante el torero anunciado en el cartel la corrida habría sido diferente? Desgraciadamente, estas son las cosas de las figuras... Y aquí viene la segunda parte: si Alejandro Talavante, la empresa, y su equipo vendieron esto como la gesta del siglo, ¿por qué no empezaron por reseñar una corrida como Dios manda para Madrid? La de hoy era la tarde perfecta para reivindicarse como figura del toreo, la tarde idónea para convertirse en un nuevo Alejandro Talavante. Al final, no sólo no salió relanzado Talavante de su encerrona, sino tocado profesional y moralmente por una tarde en la que nada salió como debía. Ni hubo buen y lucido toreo con el capote, ni lidias interesantes y apropiadas, ni un solo tercio de varas decente…prácticamente no hubo nada.

Para colmo, la corrida al final no terminó de romper en cuanto al juego. Si por debajo de lo exigible estuvo en presentación, muy al límite tuvo la casta. El tercero, que tuvo un muy buen pitón izquierdo, además de nobleza, prontitud, y fijeza, no pudo salvar un encierro que sorteó a varios ejemplares tan nobles como sosos. La segunda parte pareció proceder más de una ganadería comercial de Domecq. Por ejemplo, el sexto, rozó la invalidez y dio muestras alarmantes del descaste más absoluto. Tras su arrastre, Victorino escuchó una bronca considerable que más que para ese último, iba destinada al conjunto del encierro. Pero esa bronca no se debió a que la corrida fuera un completo petardo, sino a la decepción. La decepción y la añoranza de tiempos pasados en los que la divisa azul y encarnada era sinónimo de emoción, de espectáculo. Cuantos toros de bandera y espectaculares peleas en el caballo se nos vinieron a la mente durante las escasas dos horas que duró el festejo. En el aire la pregunta, la duda, de sí este es el estado real de la vacada de Victorino Martín. Si es así, esto supondría una pésima y triste noticia para una fiesta de los toros que se vio revitalizada cuando más lo necesitaba, en unos años 80 en los que Victorino escribió grandes páginas de la Historia de la Tauromaquia moderna. Pero hoy poco o nada de esa fiereza mostraron los asaltillados ejemplares de Victorino. Los dos primeros, más complicados, mantuvieron el interés a duras penas ya que no terminaron nunca de entregarse. Fueron toros medios que supieron a poco, sobre todo teniendo en cuenta lo que vendría después con la segunda parte del encierro. Todos esperábamos el bueno y la alimaña, los famosos lotes de otros tiempos. Y la alimaña no salió, y el bueno…casi tampoco. Sólo ese tercero anteriormente mencionado. Tampoco brilló la de Victorino en el primer tercio con algunos animales a los que les costó arrancarse, y con otros, que después de ir no terminaron de empujar con los riñones. De todas formas, y es importante apuntarlo, a ninguno se le colocó bien en suerte, ni se le picó convenientemente. Algunos picadores se ensañaron indiscriminadamente en puyazos fortísimos y de larga duración. Uno de ellos, Borja Ruiz, que picó al cuarto, se descaró con el tendido 7 lanzándoles un beso cuando éstos gritaban eso de “Picador… ¡qué malo eres!”. Feo detalle que no puede ser consentido y merecedor de sanción.

Y el otro protagonista, Alejandro Talavante, vestido con un bonito y original terno en azabache, no respondió a las grandes expectativas creadas y se hundió como el Titanic a partir del ecuador de la encerrona. Los únicos muletazos decentes que ejecutó en toda la tarde los consiguió en el tercero. En este sí se metió rápidamente en faena y elaboró un trasteo, mayoritariamente, al natural con la mano izquierda. Por primera (y única) vez brotaron de sus muñecas muletazos con estimable templanza, en los que bajó la mano y llevó algo toreado a su oponente. Era un toro para apostar, y Talavante lo hizo a medias. Por momentos demasiado al hilo (como toda la tarde), logró una notable serie de naturales en los que la mayoría de la plaza rompió. A pesar de que no terminara de redondear ni de que la faena fuera completa, podría haber conseguido algún trofeo de no ser por el reiterado fallo con el descabello. Tras conseguir derribar a su enemigo, saludó la única ovación de la tarde, junto a la que recogió justo antes de que empezara todo, cuando terminó el paseíllo. El resto fue para olvidar. Se vio a un Alejandro Talavante dudoso y desdibujado que no sabía por donde meterle mano a lo que tenía delante. Hubo muchas pausas para colocarse y pensar, pero nunca se dobló con ellos por bajo para ayudarles a romper hacia delante. Si breves fueron las labores realizadas ante primero y cuarto, la del sexto fue un visto y no visto. Con la espada de matar salió el torero extremeño, y tras las primeras protestas por la debilidad y falta de casta del “Victorino”, Alejandro se cuadró ante el desasosiego y estupor del respetable. ¿Esa es la actitud ante el último cartucho después de una tarde en blanco? A Madrid siempre se va a entregarse en cuerpo y alma y a dejarte la vida por el camino si hace falta, pero más si cabe cuando, libremente, aceptas y pones en marcha el reto de encerrarte con seis toros en Las Ventas. Definitivamente a Talavante le vino grande la tarde y algunos detalles que evidencian esto son, por ejemplo: dos espadazos que hicieron guardia (uno puede ser mala suerte, pero dos…) en el primero y en el quinto; varios desarmes de capote y muleta; o la carrera que se pegó tras tirarse a matar y perder la muleta huyendo pavorosamente de uno de sus oponentes. Y si por si esto fuera poco, un dato: Alejandro Talavante, en seis toros (que se dice pronto), realizó un único quite, por chicuelinas. ¡Sólo un quite!

En resumen, la que estaba llamada a ser la gesta de las gestas, se quedó en un empate a cero entre torero y ganadero. Los que buscábamos la emoción, encontramos, una tarde más, el más decepcionante aburrimiento. Ni Talavante, ni Victorino. Y la tarde que podría haber supuesto un balón de oxígeno para la fiesta, se convierte en un duro golpe que será difícil de digerir.

10ª de abono Feria de San Isidro. Las Ventas. Con lleno de “No hay billetes” en los tendidos, se lidiaron 6 toros de Victorino Martín, mal presentados (salvo el 6º) por sus terciadas caras y hechuras, de juego desigual. Más complicados los dos primeros, y más sosos y descastados 4º, 5º y 6º. El mejor, el 3º, más encastado y con un notable pitón izquierdo.

Alejandro Talavante (único espada): silencio, silencio, saludos tras aviso, silencio, silencio y pitos

Foto: las-ventas.com

viernes, 17 de mayo de 2013

Crónica 9ª Feria de San Isidro

"UN ESPECTÁCULO INSUFRIBLE"

El flojo, manso, y descastado encierro de Guadaira arruina la primera novillada de San Isidro. Roberto Blanco, el mejor de una terna con más voluntad que lucimiento.


Para no romper con la racha de petardos de este San Isidro 2013, la primera de las tres novilladas del abono madrileño, fue eso, un petardo. Un espectáculo verdaderamente insufrible que tuvieron que soportar todos aquellos aficionados que acudieron a la plaza, a pesar del invernal día que hacía en Madrid, y de la final de la Copa del Rey de fútbol a disputar entre los dos equipos madrileños más importantes. Se notaron estos condicionantes en la entrada más floja de lo que llevamos de feria. Una escasa media plaza que salió corriendo (y huyendo) de los tendidos, gradas, y andanadas en cuanto cayó el sexto novillo. Eso la mayoría, porque una notable minoría lo hizo bastante antes dado lo infumable y aburrido de lo acontecido en el ruedo, así como el tremendo frío que hacía.

Y es que la novillada de Guadaira resultó una verdadera castaña. Si el año pasado, este hierro sorteó un interesante encierro también en San Isidro, el de hoy fue un compendio de animales nobles, pero absolutamente descastados y mansos. Además, y a pesar de que no se le pegó nada en el caballo (a algunos ni se les llegaron a señalar un par de picotazos), la mayoría rozaron (si no alcanzaron) la invalidez. Novillada que en otra plaza quizás habría valido, pero no en Las Ventas. Eso sí, la lámina y presentación que lucieron fue buena, a excepción del abecerrado cuarto. Sin exageraciones, el resto tuvo su seriedad y cuajo, sin ser un lote basto ni grande en exceso.

Por su parte, aunque ninguno de los tres actuantes naufragó como Guadaira, todos se pasaron de faenas ante animales que no transmitían el mínimo peligro. Además, y esto cada día es más extendido en el escalafón menor, dieron la sensación de estar todos cortados por el mismo patrón, así como de carecer de una personalidad definida y propia. La mayoría construyen trasteos de muchísimos muletazos, casi siempre ejecutados con una colocación ventajista, y echan mano de los mismos recursos. Falta variedad, falta la personalidad de esos chavales de antaño que provocaban el debate en el tendido entre los seguidores de uno, y los fieles de otro. Dicho esto, al final, el mejor de los tres primeros novilleros que pisaron el ruedo de Las Ventas, fue Roberto Blanco. Actuaba como tercero, pero quedó el primero. No fue una actuación brillante ni redonda la suya, pero él logró los mejores muletazos de la tarde. Aparecieron en la faena al primero de su lote, el astado que a la postre fue el único que se pudo salvar de la quema. Aunque tampoco le sobró la fuerza, este de Guadaira, más tocado y abrochadito de pitones, por lo menos se movió algo en el tercio final y tuvo un punto de casta, además de buena condición. El joven Blanco realizó una faena con altibajos de la que destacaron algunos estimables derechazos en los que bajó la mano y alargó el muletazo. Aunque por momentos faltó limpieza, el chaval anduvo firme y terminó con el terno manchado de sangre. Detalle este a agradecer con tantos novilleros pintureros y acomodados que van de figuras desde el principio. Tras un pinchazo y una estocada trasera y desprendida, saludó una fuerte ovación. En el que cerró plaza no pudo redondear nada a causa de la condición de su oponente. El sexto, manso y protestón, y que saltó al callejón tras salir por chiqueros, tuvo tan poca fuerza que no podía ni con el rabo. Actitud de Blanco, pero frialdad (en todos los sentidos) en el tendido.

Aunque tampoco contaron con un gran producto en las manos, sus compañeros no terminaron de convencer en Madrid. Abriendo cartel actuaba el que fuera el novillero triunfador en la pasada edición de San Isidro: Gómez del Pilar. Desgraciadamente, nada que ver tuvo la actuación de hoy con la de 2012. Aunque de nuevo mostró ganas, oficio, y empeño (en sus dos turnos se fue a portagayola para recibir a sus enemigos), del Pilar no acertó ni con la colocación, ni con las distancias y las velocidades. Poco o ningún temple tuvieron dos faenas largas en las que prácticamente no hubo ni un sólo muletazo digno de mención. Si el que abrió plaza llegó absolutamente parado y venido a menos al tercio final, el cuarto también tuvo nobleza y buena condición, pero fue un inválido. Lo mejor de la actuación de Gómez del Pilar fue el tercio de quites que protagonizó junto a Juan Leal en el primero de la tarde. Se picaron los dos novilleros y apareció la bendita competencia. Leal, por su parte, no despejó las dudas que ya había dejado en el mismo ruedo del coso de Alcalá en sus anteriores comparecencias. Tiene valor el francés, sí, y se siente cómodo en las cercanías, también, pero su toreo no dice nada. Además, el conjunto de muletazos que brotaron de sus muñecas fueron ejecutados de abajo arriba, y no al revés. Ante un lote también noble, pero igualmente flojo y descastado, intentó el arrimón, aunque éste no tuviera el mérito deseado por las aborregadas y moribundas embestidas de los utreros de Guadaira.

En resumen, entre el descaste y la invalidez de los "guadairas"; la escasa personalidad de los tres novilleros actuantes; y el frío que hizo en los tendidos...la primera novillada del ciclo isidril se convirtió en un insufrible espectáculo. Menos mal que mañana puede llegar la redención con la esperadísima encerrona de Alejandro Talavante y con un hierro (este sí) encastado: el de Victorino Martín.

9ª de abono Feria de San Isidro. Las Ventas. Con alrededor de media plaza, se lidiaron 6 novillos de Guadaira, bien presentados (salvo el abecerrado 4º), nobles, aunque absolutamente descastados y flojos. El mejor, el 3º.

Gómez del Pilar: silencio en ambos
Juan Leal: saludos y silencio
Roberto Blanco: saludos y silencio

Crónica 8ª Feria de San Isidro

¡QUE VUELVA JOSELITO!

Petardo casi completo en uno de los carteles de la feria. Morante abrevia, desastroso Manzanares y Fortes pone ganas sin demasiado lucimiento. Corrida mal presentada y descastada de Juan Pedro Domecq.


Aunque las tradiciones, en general, hoy en día están mal vistas y cada vez más en desuso, al menos en Las Ventas hay una tradición que se mantiene. No, no se asusten, esa tradición no es ni la de que salga el toro serio y con casta, ni la de que los toreros carguen la suerte como mandan los cánones. De la que yo hablo es de una tradición menos importante en la práctica, pero que esconde muchos valores detrás. La tradición a la que me estoy refiriendo es la de guardar un minuto de silencio, cada 16 de mayo, al finalizar el paseíllo. Pase lo que pase, toree quién toree, ese día (que siempre cae en plena Feria de San Isidro), todo el mundo que se encuentra en la monumental madrileña homenajea a Joselito El Gallo con esos sesenta segundos de respeto. Todos, o casi todos, porque siempre hay algún tonto que pega un grito antes de tiempo (hoy por ejemplo: ¡viva España!) y que desluce el momento. Joselito, el Rey de los toreros, uno de los matadores más grandes de todos los tiempos (por no decir, el más grande) vuelve a Las Ventas, aunque no sea físicamente. A muchos se nos estremecen las entrañas al recordar cada San Isidro la grandeza de aquel torero que cambió la historia de la Tauromaquia. Hoy se cumplía ese triste aniversario que nos recuerda a todos aquella aciaga tarde de Talavera de la Reina en la que "Bailaor" se llevó para siempre a Joselito. Pues bien, más allá de ese minuto de silencio, hoy dedico tanto espacio en la crónica a este asunto porque, aún más si cabe, el recuerdo de José Gómez Ortega, adquirió esta tarde un mayor simbolismo. Pero no fue precisamente en esos momentos de silencio, sino en el transcurso del festejo y en su final. El espectáculo que se desarrolló en la octava del abono puso de manifiesto el cambio que ha experimentado la fiesta en todos estos años. Si antes los públicos se emocionaban y se removían en sus asientos cuando en el ruedo aparecía un animal desbordante de casta, agresividad, y peligro, hoy los públicos se divierten e incluso emocionan (aunque yo piense que esto es imposible) con astados tan nobles y bondadosos que rozan la docilidad. Por otro lado, si los aficionados de antes disfrutaban y exigían a los toreros que, ante todo, anduvieran bien colocados en la cara de sus oponentes, y cargaran la suerte con los riñones encajados, hoy los amantes del toreo se extasían con faenas en las que el matador de turno se coloca fuera de cacho y retrasa la pierna descargando, clamorosamente, la suerte. Está claro que las modas y los tiempos...han cambiado. Ahora habrá algunos que me respondan diciendo que los toros que mataban Joselito o Belmonte eran ilidiables y que el lucimiento y la belleza no existían. En parte llevarán razón, pero sinceramente prefiero la emoción que da el mérito de ver a un hombre sometiendo a una fiera, que a un "artista" disfrutando ante un nobilísimo animal que no transmite ni la más mínima agresividad. Y, además, no nos tenemos que remontar a la Edad de Oro del toreo (que por algo se llamará así), sino a la Tauromaquia de hace unas décadas en las que no existían, o se ponían en práctica de esta forma, tantas ventajas y mentiras. Antes las figuras se aliviaban en los pueblos, pero respondían y se la jugaban en Madrid. Ahora...ni eso.

La ganadería de Juan Pedro Domecq regresaba al que se supone es el coso más importante del mundo y lo hacía, como casi siempre, de la mano de las figuras. Divisa adorada por los toreros y odiada por muchos aficionados. Y Juan Pedro cumplió a la perfección con su tradición y al ruedo saltó eso que el difunto Juan Pedro definió como el toro "artista". Encierro, para empezar, mal presentado en líneas generales y en el que saltaron auténticos novillotes verdaderamente impresentables. El primero o el cuarto, se salvaron un poco de la quema en cuanto a trapío se refiere. Y si la fachada fue mala, peor fue lo que llevaron dentro. Al margen del buen quinto (que tuvo algo de casta) el resto fue un ejemplo de toro descastado, flojo, y de nula transmisión. Conveniente también recordar que a la corrida casi ni se la castigó en el caballo. Eso sí, nobleza hubo a raudales...como el que abrió plaza, un nobilísimo ejemplar que tuvo una clase suprema y que siempre acudió humillado. Para algunos el toro perfecto, para otros, la antítesis del toro bravo por su falta de transmisión y fiereza. Con astados así es muy entendible la predilección de los toreros por matar esta ganadería...

Abriendo el cartel (aunque por la confirmación de alternativa de Jiménez Fortes matara el segundo) actuaba el siempre esperado Morante de la Puebla. Uno de los pocos representantes del llamado toreo artista, que también lo es del toreo antiguo, hacía el paseíllo por primera vez en un ciclo en el que repetirá dos tardes más. El resultado del sevillano fue silencio y pitos. Detrás de esto, la actuación de Morante estuvo marcada por la brevedad. Ante sus dos oponentes abrevió con absoluta naturalidad, después de comprobar que el producto que tenía delante no era apto para el lucimiento, o para su concepto. Está claro que a Madrid se tiene que venir para hacer el esfuerzo, salga lo que salga por chiqueros, pero sinceramente, la brevedad de ambas labores estuvo justificada y nos ahorró mucho tiempo. Para andar pegando mantazos a diestro y siniestro durante diez minutos sin el más mínimo lucimiento…mejor abreviar. El primero de su lote, que salió en segundo lugar, pese a lo bajo que era (un auténtico zapato), fue de los correctos en presentación. El astado de Juan Pedro salió de chiqueros dormido y dormido murió. Absolutamente descastado y soso un animal que obligó a José Antonio Morante a quitárselo rápidamente de encima. Si el toro no transmitía nada, ¿para que perder el tiempo y aburrir al personal? Antes del fugaz trasteo del torero de la Puebla, éste ejecutó dos verónicas sobresalientes en el saludo capotero. Meció los brazos y se echó encima del animal casi literalmente. Desgraciadamente, eso fue todo. El cuarto, más grande que sus hermanos, cortó mucho en banderillas poniendo en aprietos a los hombres de plata que corrieron como si de un fiero cuadri se tratara. A Morante no le gustó ni un pelo el toro y ya salió con la franela pensando en lo pronto que regresaría a las tablas para dejar el estoque simulado. Efectivamente, tras dos pases por alto, y un feo cabezazo del de Juan Pedro, Morante cambió la espada. Bronca y división en los tendidos. Tras varios pinchazos, media estocada, y un golpe de descabello, su enemigo cayó y él volvió al callejón entre pitos. Habrá que esperar al día 23…

El que también regresaba a Madrid era José María Manzanares y, aunque es una pena, su tarde no pasará a los anales de la Historia del toreo. El alicantino ofreció una versión realmente preocupante dada su condición de figura. El ventajismo de otros años lo llevó al extremo en dos faenas en las que no se puso prácticamente ni una vez en el sitio. Siempre citando fuera de cacho o al hilo de pitón, Manzanares realizó su habitual giro de piernas quedando siempre entre el toro y él un hueco imposible de maquillar. Siempre retrasó (y escondió) la pierna que debería adelantarse y no se cruzó ni una sola vez. Pero esto no es novedad, este es, ni más ni menos, el Manzanares de los últimos tiempos. La única diferencia es que en el resto de plazas tragan con todas estas ventajas y en Madrid, no. Bueno, no tragó una parte del público que, hoy sí, se pasó toda la santa tarde recriminando la colocación de José María. El resto de espectadores se acabaron contagiando casi por completo y, pese a los muchos muletazos y series que ejecutó el torero de Alicante, la transmisión al tendido fue muy escasa. Por otro lado, todavía más preocupante fue el Manzanares de hoy porque casi ni el empaque y la templanza que atesora consiguieron equilibrar la balanza de la pureza. Además, no bajó ni una sola vez la mano. El feo y anovillado tercero, se movió sin transmisión y saliendo casi siempre distraído y con la cara alta. En cambio, el quinto, también sin remate y degollado, a pesar de sus defensas, sí que valió para el triunfo. Sin ser un toro de nota, al menos este tuvo un punto de casta. Acudió con transmisión y clase en las primeras series, aunque se acabó aburriendo y muy venido a menos. Como decía, pese a la buena condición de su antagonista, José María Manzanares construyó un trasteo del que se salvaron algunos pases de pecho y poco más. Lo mejor de este capítulo fue el gran tercio de banderillas que protagonizó Juan José Trujillo. Fue hacia la cara del toro andando en torero, expuso mucho, y clavó los palos asomándose al balcón. Grandes pares, por cierto, los que estamos viendo este San Isidro. De lo mejor.

Por cuarto día consecutivo, hoy había una nueva confirmación de alternativa. Esta vez fue el turno de uno de los toreros jóvenes que más sonaron la pasada temporada: Jiménez Fortes. El malagueño, ausente en 2012, firmó una actuación en la que las ganas y el valor, quedaron por encima del acierto y del lucimiento. El que abrió plaza fue un melocotón por fuera y puro almíbar por dentro. Noble hasta la extenuación un Juan Pedro que derrochó clase y que humilló mucho durante su lidia. Como dije antes, aunque para algunos este sea el toro perfecto, a otros este tipo de reses nos aburren hasta el extremo. Con la fuerza y la casta en los límites, el bondadoso astado del hierro de Veragua (manda narices) se lo puso en bandeja a un Fortes valeroso, pero que no lo cuajó. No acertó en la colocación, también casi siempre descargando la suerte y abriendo mucho el compás. Por otra parte, volvió a dar muestras de que la espada no es uno de sus fuertes. Se coloca muy lejos del toro y después se tira encima, pero sin la ejecución apropiada para salvar el pitón y meter el brazo. En uno de los encuentros chocó con el toro, afortunadamente, sin consecuencias. El malagueño, muy entregado y con la plaza cariñosa, participó en todos los turnos de quite. Hubo uno por gaoneras y dos por chicuelinas, uno de ellos de mucho ajuste. El sexto fue un bichejo pequeñísimo que le llegaba por la cintura a Fortes y que después se movió con sosería y escasa transmisión. Su matador puso todo de su parte y destacó en una buena serie con la mano izquierda, ya casi al final, y en la que al exigir y poder al toro, éste tiró definitivamente la toalla y pidió la muerte.

En definitiva, tarde de “clavel” con lleno de “No hay billetes”, y también de un nuevo fracaso ganadero compartido casi por la terna. En mi mente, viendo en lo que está quedando la fiesta de los toros y la gran Feria de San Isidro que estamos soportando, un recuerdo, un deseo… ¡qué vuelva Joselito!

8ª Feria de San Isidro. Las Ventas. Con lleno de “No hay billetes” en los tendidos, se lidiaron 6 toros de Juan Pedro Domecq, mal presentados en general por su escasa seriedad y remate, y de juego descastado y blando en su conjunto. Los mejores: el nobilísimo y dulce 1º, y el buen 5º que tuvo algo de casta.

Morante de la Puebla: silencio y pitos
José María Manzanares: palmas tras aviso y saludos
Jiménez Fortes (que confirmaba alternativa): palmas tras aviso y saludos tras aviso